RODOLFO MEDINA

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CRÍTICAS

A través de la técnica de la pluma-tinta-color y el particular refinamiento de sus trazos, Rodolfo Medina logra construir un espacio pictórico signado por el “orden “de lo mágico. Su pintura es un escenario donde los más variados objetos-huevos-madejas de lanas, cebollas, agujas de tejer y otros- cobran vida convirtiéndose ellos mismos en personajes que interactúan con delgadas figuras humanas, en una atmósfera etérea plena de liviandad y suave armonía. Tanto los unos como los otros son presentados alternativamente como protagonistas. La delicadeza de las líneas que conforman los dibujos de Rodolfo Medina otorgan sensibilidad a la vez sobriedad al todo de su obra. Las tramas onduladas y las texturas espaciales envuelven y contienen a un mundo de ensueños radiante de lirismo. Los colores tenues presentan un lugar apacible y acogedor. Un profundo silencio impera en la obra de Medina, que sin embargo, deja oír un sereno diálogo en la interioridad de sus personajes. La tendencia surrealista de sus dibujos genera un espacio lleno de sensualidad donde conviven fantasía y realidad. Los cuadros de Rodolfo Medina se constituyen como una alternativa frente a la tediosa cotidianeidad, recreando un mundo sólo pautado por el juego y la libre imaginación, donde la ley de gravedad ya no es más un obstáculo.        

Alejando Cantor /CRONISTA COMERCIAL SOBRE LA MUESTRA REALIZADA EN GALERIA LAGARD AÑO 1992.

Un mundo sustentado desde y proyectado hacia la fantasía es el que nos propone Rodolfo Medina.  Dominador superlativo de las tintas color, es un extraordinario detallista, virtuoso de la filigrana, capaz de sostener en el espacio el arabesco caprichoso de un hilo, con esa fidelidad que se da en lo natural, pero que revierte sin embargo en una inextricable magia.
Lo suyo podría definirse como la irrealidad de lo evidente, es decir, como lo real puede llegar a ser participante sustancial de algo ajeno a su propia conformación.

Rodolfo Medina es un dibujante con temática  excéntrica que se nutre de una especie de lógica irrazonable e indiscernible. Sucede en algunas de sus pinturas, entonces, que los huevos, vuelan, y se cascan en el aire dando nacimiento a pequeñísimas mujeres o que un fabuloso animal alardee en las arenas de un picadero de circo que ilumina una lámpara de salón con tulipas de alabastro ante la mirada de una galería de personajes (algunos fantasmales). Y esto no es surrealismo tanto, como la reconstrucción minuciosa de lo narrado, ni aun es hiperrealismo. Tampoco es pintura de lo absurdo ya que todo  lo que sucede en el soporte es aterradoramente “natural”.
Quizá seria acertado inscribir estas obras en la definición de “realismo mágico “, en una simbiosis en que lo plástico se vale de lo literario y este de lo  plástico.

La creación de un “clímax”  propiciador de un acontecimiento insólito es pacientemente elaborado por el artista con breves y vibrantes grafías, cercanas al puntillismo que materializan o diluyen en luz, objetos y personajes. En casi  todas sus obras Medina rinde un homenaje a los alimentos primordiales. Así asistimos a la exaltación de las cebollas, ajos, ajíes, manzanas verdes que acompañan en sus lechos a mórbidas mujeres. También celebra a las aves, de corral incluidas, palomas que semiocultan las tersuras pelvianas de una figura femenina y a los insectos con “linaje “extraterrestres, langostas, abejas, libélulas….

Mundo de misterios y profundidades, este urdido por Rodolfo Medina (“Tiempo de tejer el tiempo “,  “En la playa tejida” ), mundo que no aquieta su presencia y se incorpora al espectador como la sospecha de una realidad masa apreciable y apasionante de ser vivida.


Salvador Linares / Actualidad en el Arte

TRIUNFO DEL DIBUJO.   

En buena parte del mundo civilizado la técnica del dibujo, después de años de desvalorización, ha cobrado nuevamente su antigua trascendencia.
Han comprendido academias y plásticos el valor de la línea, desprendimiento del brazo motor como un nervio mas, humano y espiritual.
El dibujo guía la producción de Rodolfo Medina quien gracias a esa técnica logra plasmar escenas que de la realidad tienen también lo insólito, lo que imaginamos así nos parezca absurdo. Las situaciones de los personajes, el mundo circense., con tantas implicancias miserables y maravillosas., las mujeres y los hombres de siempre, conforman un mundo cotidiano y legendario. Un mundo que se nos antoja pueblerino, aislado y que por el talento de Medina cobra vida y sentido comunicativo.
El dibujo, técnica magna, ennoblece a quienes los frecuentan y a lo que caracteriza. Es el caso de Rodolfo Medina. Ha sido su elección y esta demuestra su sabiduría mas allá de los meritos plásticos mencionados.

Albino Dieguez Videla / De la asociación internacional de Críticos de Arte

Hay en Rodolfo Medina, en su dibujo, una síntesis de tantas cosas que han sido cabal expresión del arte grafico occidental a través del tiempo. Corre sobre su excelente expresión el aire sombrío de Durero   `El hombre que siembra la cizaña` como la luminosidad meridional de Lucas Kranach, tan amada por Curzio Malaparte. Pero de ambos precursores germánicos priva la rudeza metálica y la elasticidad de la expresión.
No obstante hay en Medina que debe tenerse especialmente en cuenta, y es la presencia permanente de lo femenino, en toda su dimensión estética y piadosa.   Medina plasma lo bárbaro y descarnado de este vivir, esta pesadilla extraña del vivir moderno, que no es más que una transición del ser y del existir del hombre y del arte. Medina comprende la pesadilla del Bosco, y puede ser el Bosco de su tiempo, si lo quiere, pero va más allá, y coloca siempre un matiz casi de divinidad en el caos de sus conjuntos circulares. Parece que quisiera encerrar a sus criaturas en el círculo atávico de la totalidad.

Medina no le teme a la figura, la enfrenta, la desafía y la vence. Sus figuras p-arecen querer escapar del circulo donde el las ha condenado y donde el solamente domina ese entrelazarse del sufrimiento y de la esperanza. La pluma de Medina parece haber sido mojada en la tinta de hierro de los renacentistas.

No obstante hay otro Medina, el Medina del mural, el Medina del yeso, del  hierro y del cemento. Hay que contemplar la armonía y el ritmo con que este indio barbado ha encerrado a sus criaturas desnudas en el círculo arquitectónico de estructuras solidas. En ese círculo también hay algo atávico, aunque aun no en totalidad. Medina ha comenzado a interpretar la esencia femenina de la tierra, como quisieron y lograron las culturas andinas, y lo ha hecho en la más difícil de sus dimensiones. en el sentimiento trágico de lo femenino, y en el sentimiento trágico de esta tierra de América, ^que tanto nos duele^ al decir español de Unamuno.

En el futuro Medina va a dar el salto que le hemos pedido, que es engarzar la figura bárbara del hombre de la tierra americana, del   *hombre de maíz* de Asturias, de Zapata o de Quiroga, entre esas figuras desnudas que son la tierra, que son la mujer tierra de la pasión americana.

Medina aúna al pleno dominio de la figura, un esquema por demás sugestivo, pleno dominio del circulo y, lo que es mayor virtud, una autentica pasión, a la altura de lo pedido por un Mallea, o por un Orosco, o por todos los que necesitamos de una vez por todas un arte figurativo, un arte con el cual podamos volver a consustanciarnos sin exquisiteces y convencionalismos inconducentes.

Dr. Jorge Larrosa Bell . 1975 / Publicado en el libro Arte bajo la Ciudad. Manrique Zago, ediciones.

RODOLFO MEDINA.  MURALISTA

Rodolfo medina es un muralista. Y esta sencilla sentencia cobra sentido cuando se penetra en  la intimidad de su casa-taller, cuando se conversa sin prisas con este perseguidor de sueños que renuncio voluntariamente a la “intimidad” del caballete, o cuando se observa la  película “como nace un mural” que lo muestra “manos a la obra” en este complejo y esforzado arte.
Claro que como se apresura a puntualizar Medina, “No es una elección personal, es más bien una suerte de designio, algo para lo cual uno está dotado, y que se advierte en el dibujo, en la concepción del arte, en la forma de encarar desde un retrato hasta la cúpula de una catedral, y que también es notado por los otros, por los críticos, por los espectadores circunstanciales”.   Y es cierto, su dibujo parece predestinado a ocupar espacios descomunales. Sus figuras  desestiman el detalle para ganar en movimiento, en constante proyección hacia las alturas y hacia los confines. Los papeles  en blanco se  “llenan de personajes” que surgen, no de la nada, o de una espontanea inspiración mágica, sino de una indagación profunda en el tema motivador, que a veces se mide en meses o años de estudio y que no es sino el prologo de un trabajo mucho más duro. bocetar en papel y a veces también en material, modelar, preparar   el molde, desmoldarlo, limpiarlo, agregar el color, protegerlo instalarlo… y luego embarcarse en otro esfuerzo destinado a perdurar. Pero aun esta enumeración  de labores resulta insuficiente para describir  este  “ oficio “  que para  Medina,  reúne muchas especialidades  y técnicas, hay que ser un poco albañil y un poco arquitecto, un poco dibujante y otro poco pintor, hay que conocer los materiales y los procesos, y estar  siempre dispuesto a aprender algo mas o algo nuevo.  El mural siempre se concibe con un destino determinado, su ubicación no puede ser cualquier pared, sino una pared, interior o exterior, que a su vez forma parte de un lugar, una casa, un parque, una iglesia, un edificio público, un pasillo por donde circula la gente.
Por eso cada trabajo de Medina, desde los frisos  de la estación  Once del F. C. Sarmiento, o los de la estación San Martin de la línea “C” de subterráneos de Buenos Aires, hasta el mural que decora una confitería en Bariloche o el proyecto de la laca destinada a la parroquia de Santa Rosa de Lima de la Ciudad de Bragado, cuyos bocetos llenan actualmente las paredes de su taller, significan una historia individual, plagada de anécdotas, de tropiezos, de costos, a veces de frustraciones. Y es que Medina está animado por un espíritu inquieto y ambicioso, apasionado por lo monumental y ansioso por correr los riesgos que esto conlleva.
  Seguramente hubiera sido más feliz en el Renacimiento o en el antiguo Egipto de los faraones, donde el arte se concebía con la clara intención de desafiar al tiempo.
  Hoy el muralista está subordinado a la voluntad de quienes tengan el “espacio” y que puedan hacer frente  a las erogaciones que supone una obra para la que se necesitan muchos meses de proceso, ayudantes y el costo lógico de los materiales que se utilizan.  Sin embargo, esta dependencia no implica, para Medina, un condicionamiento nocivo para su arte.
“El hecho de trabajar siempre para responder a un pedido especifico, no me limita, al contrario, yo encuentro la libertad de crear en función a un tema en particular, Por supuesto que necesito identificarme con la propuesta, descubrir a través del estudio los elementos motivadores, pero después encuentro apasionante la tarea de resolver plásticamente las dificultades que me plantea tanto en la faz de creación como en la de realización del mural”.
   Las palabras de Medina sirven para echar luz  sobre la frecuente pero inexacta asociación del mural con una ideología determinada. Un muralista es sobre todo un creador de imágenes y un luchador que se esfuerza por adecuar sus ideas a los ámbitos que servirán para integrarlas definitivamente al paisaje circundante.  “La ideología puede o no jugar su rol como en cualquier obra de arte, pero de ninguna manera debe asociarse al mural con el panfleto o la pancarta, y tampoco con los grafitis o con la pintura espontanea en una pared vacía”
  El trabajo de Rodolfo Medina, nos sirve, lo confesamos,  para introducirnos en una rama de la plástica a la que hace rato queríamos abordar en nuestra revista.
  Es obvio que resulta imposible abarcar aquí la totalidad de un terma tan  vasto, pero nos interesa destacar lo que consideramos rasgos fundamentales en la técnica de Medina. Ya esbozamos nuestra idea acerca de su vocación por la monumentalidad, tanto en lo que se refiere al tamaño de sus obras como a esa intención de “quedar” de perdurar como un testimonio para los que vendrán.
  Pero para comprender cabalmente al artista es preciso hablar de su pasión por las texturas (que logra utilizando herramientas especiales para cada mural, con tacos de madera de distintos espesores, formas y tamaños, con los cuales trabaja cada sector durante el modelado, o de su tendencia a lo rupestre, a lo primitivo y a lo esencial.
   Si tuviéramos que destacar alguna de sus cualidades, no dudamos en la referencia a su concepción escultórica del mural, que lo diferencia de otros artistas que prefieren la pintura. Medina goza con el trabajo manual que exige sus murales en relieve, con ese esfuerzo indescriptible que significa trabajar cada centímetro de una obra que luego se medirá en metros cuadrados.
   Su paleta es tan innata como su dibujo, está de acuerdo con su temática y con su técnica y está formada  por los colores de la tierra y de la piedra, cuando trabaja en relieves y con suaves pasteles cuando pinta sobre plano.
   Sus figuras tienen un ritmo especial adecuándose siempre a las exigencias de la particular lectura de un mural y sus personajes se adaptan naturalmente al tema elegido, desde las efigies de sus frisos hasta los duendes que pueblan sus alegorías. ¿De dónde salen? : “Yo los veo paseándose entre la vegetación del fondo de mi taller…   están ahí,  por las noches.”
   El epilogo nos remite al título, y a  esa condición de  “hacedor” que trasunta toda la obra de Rodolfo Medina.  No importa que el artista nos muestre retratos o pinturas o diseños de “Stand”, basta con penetrar en su mundo de visiones monumentales para aseverar que un artista no puede traicionar su sino.  Medina es un muralista, con todo lo que eso significa y que solo puede entender acabadamente el que comprenda y comparta su pasión por la inmortalidad de las obras.


Marcelo Navarro / Actualidad en el Arte. /1974

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